Ruido de sables por un puñado de islotes desiertos

Fecha de publicación en AdM: OCT de 2012
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Al anunciar que iba a comprar a su 'propietario' privado las islas Senkaku (Diaoyu en chino), reivindicadas por Pekín y Taiwán, el Gobierno japonés ha reavivado la llama nacionalista en toda Asia nororiental. Hace medio siglo, la respuesta a esta provocación habría parecido simple: el imperialismo japonés se apoderó en 1895 de las islas, que no le pertenecían; por tanto, debe devolverlas. Esto sigue siendo cierto, pero en un contexto que ha cambiado mucho y… ¿devolverlas a quién?

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Ruido de sables por un puñado de islotes desiertos

Al anunciar que iba a comprar a su “propietario” privado las islas Senkaku (Diaoyu en chino), reivindicadas por Pekín y Taiwán, el Gobierno japonés ha reavivado la llama nacionalista en toda Asia nororiental. Hace medio siglo, la respuesta a esta provocación habría parecido simple: el imperialismo japonés se apoderó en 1895 de las islas, que no le pertenecían; por tanto, debe devolverlas. Esto sigue siendo cierto, pero en un contexto que ha cambiado mucho y… ¿devolverlas a quién?


Pierre Rousset - 09/10/12

Al anunciar que iba a comprar a su “propietario” privado las islas Senkaku (Diaoyu en chino), reivindicadas por Pekín y Taiwán, el Gobierno japonés ha reavivado la llama nacionalista en toda Asia nororiental. Hace medio siglo, la respuesta a esta provocación habría parecido simple: el imperialismo japonés se apoderó en 1895 de las islas, que no le pertenecían; por tanto, debe devolverlas. Esto sigue siendo cierto, pero en un contexto que ha cambiado mucho y… ¿devolverlas a quién?

Historia pasada. Los miniarchipiélagos deshabitados de la región son objeto de reivindicaciones contrapuestas que, en todos los casos, invocan la historia, una historia convulsa difícil de zanjar. Las Senkaku, situadas al sudoeste de Japón, entre Okinawa y Taiwán, han estado durante mucho tiempo integradas en el extinto reino de Ryukyu. Bastantes habitantes de Okinawa siguen sin sentirse japoneses en la actualidad, lo que no obsta para que Tokio hubiera autorizado la instalación de las mayores bases militares de EE UU en esta parte del mundo.

Historia presente. Es tan solo en el transcurso de la última década que el control de los microarchipiélagos ha adquirido gran importancia por razones económicas (recursos marinos, petróleo, gas, metales…), jurídicas (extensión de las zonas de soberanía marítima…) y militares (bases de apoyo…). La indiferencia o los compromisos diplomáticos son cosa del pasado.

Tensión regional. Ahora cada archipiélago de la región es reivindicado por dos o más Estados: las islas Senkaku por China, Taiwán y Japón; las Rocas de Liancourt (Takeshima), por Japón y Corea; las Spratley, por China, Vietnam, Malasia, Brunei y Filipinas; las Paracelso, por China, Taiwán, Vietnam… No se trata de un simple enfrentamiento entre Tokio y Pekín, ni mucho menos.

Jugar con fuego. Las reivindicaciones territoriales sirven por lo demás para avivar el fuego de los nacionalismos con ánimo de desviar la atención de la crisis social, legitimar al régimen en vísperas de un congreso decisivo del partido dirigente en el caso de China o de una elección de resultado incierto en el de Japón; y de preparar a la opinión con vistas a un rearme agresivo, no en vano la extrema derecha japonesa habla del “derecho” de su país a dotarse del arma nuclear. Todo esto sobre el telón de fondo del plan de refuerzo de la marina de guerra china y del redespliegue de la Séptima Flota de EE UU. Los conflictos marítimos se añaden a los “puntos calientes” continentales (península coreana…), aumentando la inestabilidad regional.

Alternativa. Los pueblos de la región no ganarán nada con el choque entre los nacionalismos. Conviene destacar el gran mérito, en este sentido, del llamamiento de los pacifistas japoneses con vistas a cerrar el paso al ascenso del chovinismo en su propio país y a reconocer los crímenes históricos cometidos por su Estado y del hecho de que se hayan dirigido además a los movimientos ciudadanos de los demás países para romper juntos el círculo vicioso de los conflictos territoriales.

En el caso de los miniarchipiélagos marítimos hay que decir no a cualquier soberanía anclada en el pasado y, a falta de población, no es posible ejercer el derecho de autodeterminación. La lógica de los “derechos soberanos” convierte a los pueblos en rehenes de la geopolítica de las potencias. Hay que oponerle las cooperaciones regionales, la desmilitarización de las zonas controvertidas y la gestión colectiva de las actividades humanas en función de las necesidades sociales y ambientales. Se trata de construir así una política de seguridad internacional radicalmente distinta de la de las clases dominantes.

 

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article26587

Traducción: VIENTO SUR

Visto en VientoSur


Fuente, autoría: Pierre Rousset